goñi2

Ramón Goñi: “Si sales con alguien y quieres saber por dónde van los tiros, busca lo que ve en Netflix”

Pablo Gandía / Fotografía: Crista Leonard

Solo hay algo mejor que ser fiel a uno mismo y es decidir el momento en que quieres cambiar. Y si no, que se lo digan a este creativo audiovisual.

Quizá varios de vosotros estéis de acuerdo en una cosa: ese señor que aparece en la foto podría ser perfectamente modelo. Y la verdad es que lo intentó a principios de los dos mil. Ramón Goñi (Madrid, 1982) tenía materia prima de sobra, y a juzgar por lo evidente, todavía la conserva. Cuestiones de genética. Pero la historia no duró mucho en la misma línea; cambió sutilmente de escenario, de la meseta a Nueva York, y probó con argumentos más apetecibles en las oficinas de la BBC. Por ejemplo, cómo viven los ancianos homosexuales en Estados Unidos. Al final acabó preguntándose cómo vivía él, y de ahí nació Swoon New York, una productora que igual graba a Ashley Smith en la bañera que a Keira Knightley en medio de un orgasmo. ¿Su último proyecto? La promo de The Crown, esa serie de Netflix que no tiene miedo de retratar a la Reina de Inglaterra como una analfabeta. Ahora, en Skype, es él al que no le importa reconocer su delicada situación de inmigrante, o negarse cuando le propongo salir en las fotos con una camiseta de Hillary Clinton. “Me la he puesto alguna que otra vez, pero I don’t feel like Hilz anymore”.

goñi1

Parece que Netflix está recorriendo un camino similar al de Apple, porque ver sus series es como tener el nuevo iPhone: un sinónimo de estar a la última.

Piensa una cosa: si sales con alguien y quieres ver por dónde van los tiros, no tienes más que abrir su ordenador y buscar lo que ve en Netflix. Pero oye, que quede claro que yo no lo he hecho nunca [se ríe]. Creo que lo que define el tener una cuenta de Netflix, o un iPhone, o adoptar la tecnología de manera inteligente, es el hecho de mostrar a los demás una imagen de ti mismo. Fíjate, el domingo me pasó una cosa graciosa [piensa en cómo contar la anécdota]. Bueno, tampoco es tan graciosa. En Estados Unidos todo el mundo estaba viendo la Super Bowl, y yo elegí ponerme Netflix y ver un documental sobre los cascos blancos de Siria, que me abrió los ojos a una realidad que desconocía. Entonces, es esa alternativa la que hace que, si la aprovechas bien, pues tengas una imagen más, no sé, ¿trendy?

Habrá que revisar su cuenta de Netflix para comprobar que de verdad no vio la Super Bowl. Por cierto, una duda: ha hecho radio, prensa, se has puesto delante de la cámara, y luego detrás. ¿Cómo le explica a sus padres todos esos cambios? Porque no debe ser fácil.

A mis padres hace tiempo que dejé de explicarles por qué pasan las cosas [se ríe]. Y yo también espero bastante poco que ellos me expliquen algo de la vida. Hemos llegado a ese punto de entendimiento con menos palabras y más acciones, que hace que me sienta cómodo llevando una trayectoria, en apariencia, un poco dislocada o caótica. Y creo que es esencial pasar un tiempo experimentando con diferentes hábitos. Si volvemos al tema de la tecnología, de alguna manera he estado definiendo lo que el algoritmo de Netflix, o de Google, dice de mí profesionalmente. Y ahora el algoritmo está un poco confuso, la verdad. Pero lo importante es que todos esos hábitos que he creado en los últimos 15 años se están transformando en resultados. En proyectos tan simples, en apariencia, como la campaña de Netflix, pero mucho más complejos en el proceso de creación. Ahí intervienen las preguntas que he planteado cuando trabajaba de periodista, o el bagaje que he conseguido en la moda. Y de ese saco es de donde creo que salen las cosas interesantes, aunque luego hay que aprender a destilarlas de manera que solo quede lo esencial.

Si sales con alguien y quieres ver por dónde van los tiros, no tienes más que abrir su ordenador y buscar lo que ve en Netflix”

Los que le siguen en Facebook saben que casi siempre pone sobre la mesa su condición sexual, y también su nacionalidad. ¿Es complicado ser gay y español en Estados Unidos?

Ser gay y ser español siempre ha sido complicado en cualquier parte. Si lo que me preguntas es si ser un bicho raro es complicado… No, estoy de broma. Pero yo creo que todo gira alrededor de una cuestión fundamental, es decir, ¿eres capaz de aceptar tu condición? La que sea. Y la respuesta no se encuentra ahí fuera, en el político que está en la Casa Blanca, en tu relación con tu pareja, o en tu familia. La respuesta la tienes que saber tú, y una vez eres capaz de responderte, entonces ya plantéate si el lugar en el que estás te permite ser como eres, o si tienes que marcharte a otro sitio. Y ahora esa es una cuestión que lógicamente me planteo. Llevo planteándomela desde noviembre, cuando los republicanos se decantaron por… estoy tratando de evitar su nombre lo máximo posible, así que si no lo mencionas en la entrevista, mejor.

goñi3

Todo gira alrededor de una pregunta, ¿eres capaz de aceptar tu condición? La que sea. La respuesta la tienes que saber tú”

 

Tengo la sensación de que ÉL es la consecuencia de una larga herencia del espectáculo. Ya en la Guerra Fría Nixon presumía de que los estadounidenses no tenían una bomba atómica, pero sí teles y lavadoras. Andy Warhol se grababa a sí mismo mientras comía una hamburguesa. Y ahora, un exatleta olímpico anuncia a bombo y platillo algo tan serio como un cambio de sexo. ¿No era predecible lo del nuevo presidente?

¡Por supuesto! Pero al final vivimos en una sociedad que se mueve demasiado deprisa. Ni siquiera nos da tiempo a preguntarnos las cosas que me planteas. Y cuando lo hacemos, la ansiedad que nos entra es tal que preferimos encender la tele y ver la vida de los demás, porque así, por lo menos, no tenemos que pensar en la nuestra. Hay una película de terror que se llama The Babadook; no sé si la conoces. Lo interesante de esa película es que al final… bueno, voy a hacer spoiler alert como dicen aquí. Al final se abre la puerta del sótano y ves cómo la protagonista le da de comer al monstruo que la quería matar. Y ahí está: encadenado, pero lo alimenta para que no se muera, porque ya es parte de su casa. Y eso es lo que ha pasado en Estados Unidos: el monstruo siempre había estado ahí, y ahora ha salido del sótano y se ha puesto a destruir la casa entera, y también la de los vecinos. Pero la única manera de combatir la situación no es matándole, no es polarizando más la sociedad, sino convenciendo al monstruo de que vuelva al sótano; controlándolo y diciendo “vamos a aprender a vivir contigo”. Y ese monstruo no solo es el presidente, también es el racismo. Es la historia con la que se fundó el país. Una historia de violencia, de “vamos a expulsar a los indios para hacer lo que nos dé la gana”. Y todo eso ha salido a relucir en un momento muy complicado, que es cuando salen los problemas, cuando menos nos los esperamos.

Si observa la situación de Estados Unidos, la del Brexit en Inglaterra o la de los ultraconservadores franceses, es fácil pensar que la democracia de hoy ha dejado de funcionar.

Ese sentimiento siempre ha estado ahí, y es como lo que te he comentado del monstruo [se queda varios segundos pensando]. Hay un estudio en The New York Times, me parece que era, que decía que la confianza con el sistema ha ido bajando desde los años 50. Y tenemos que asumirlo, aunque muchos no estemos de acuerdo. Luego también hay una posición elitista de la política, que dice que no todo el mundo tiene la capacidad de voto, y eso es básicamente lo que podría decir Trump ahora mismo, que “yo tengo los hechos, la verdad, sé que este es el buen curso del país, y vosotros, liberales, gays o inmigrantes, no estáis en vuestro sano juicio para ir a votar”. Esa es la estrategia de supresión de voto del Partido Republicano desde hace varios años. O sea, esa postura existe de verdad, el problema es que es una de las posturas más peligrosas, porque puede convertir el sistema político en una tiranía. Yo he tenido por momentos esa opinión, fundamentalmente cuando estaba en la universidad. Todos hemos tenido la tentación de decir “los que han elegido a Trump son estúpidos y no deberían ejercer el derecho al voto”. La cuestión está en que las mayorías son peligrosas, pero lo son menos que las élites. De hecho, llevamos poco tiempo dándoles voz a las mayorías. En Europa, hasta hace nada, las dictaduras todavía seguían existiendo, y necesitamos aprender. La democracia es un experimento, y este país en el que vivo lleva practicándolo bastantes más siglos que España. Eso es lo que creo que tenemos que recordarnos cuando pensamos en lo que está pasando, que existen instituciones con tradición.

Hace poco leí una noticia esperanzadora, y es que el MoMA ha reemplazado eventualmente las obras de Picasso y Matisse por las de pintores musulmanes. Ya sabe, como una forma de defender el “arte degenerado”.

La expresión del malestar tenía que salir por alguna parte, y lo ha hecho de manera visceral en la calle, y también en los museos. Pero el peligro que corremos con todo esto es la intrascendencia. El hecho de que por estar demasiado apegados a la realidad actual no tengamos la vista puesta en el pasado y en el futuro. Fíjate, en enero tenía un viaje planeado a España, y el día que llegué a Madrid me fui con mi padre al Thyssen. Lo que es precioso del museo es que en un paseo de dos horas puedes ver la evolución del arte, desde principios del siglo XIX hasta la actualidad. Y lo que hice fue acordarme un poco de las épocas de tensión y guerra en Europa, y fijarme en las fechas de los cuadros, en qué momento se habían pintado. Y lo que me sorprendió es que incluso en los episodios de mayor tensión, el arte seguía disociado de lo que estaba pasando. La tensión se reflejaba en los cuadros de alguna manera, pero no era obvia, y creo que eso es importante. Es decir, el rol del artista, en el que me incluyo, es crear los pilares sobre los que vamos a reconstruir la sociedad después del conflicto. Y la cosa está en mirar un poco hacia adelante para inspirar a la gente con la que vivimos, incluso para inspirarles antes de que las cosas ocurran, para que se preparen. Y darles esa esperanza que a veces, cuando te levantas por las mañanas, no la encuentras por ninguna parte. Ni siquiera en la persona con la que compartes cama.

PUBLICIDAD



PUBLICIDAD