stranger things

Curiosa nostalgia

Raúl Rustarazo

Stranger Things se ha convertido en un fenómeno social y la culpa de todo la tienen los 80. O sus productos. O nosotros, que los tenemos idealizados…

A mis 11 años de edad solía colarme a escondidas en la cocina, abría el cajón de las bolsas de plástico, cogía el monedero de mi madre y me apoderaba de una moneda de cinco duros. O de veinte. Según existencias. Luego me incrustaba los cascos del walkman, que todavía me duraban desde mi primera comunión, me ponía la cinta de The Housemartins que me había grabado mi prima Lola y corría a la sala recreativa para hacer cola, admirar el talento de los número uno y acabar echando una partida al Golden Axe o al Comecocos.

Sé que suena triste, a mí a veces me lo parece, pero mi cocina, aquí en Madrid, no tiene cajón de bolsas de plástico. Tampoco hay monedero ni cinco duros. Ni walkman ni recreativos. Todo eso se quedó allí, en mis particulares 80. De este lo que ya no puede ser se alimenta el éxito de Stranger Things. Y  los nostálgicos de nivel 5 han caído rendidos a sus encantos sin ningún tipo de resistencia. Los hermanos Duffer les han y se han regalado (amantes recalcitrantes declarados de esta época) el producto perfecto que desenvolver rápido para consumir con fruición y alimentar el espíritu: una serie ambientada en los 80 atestada de referencias y guiños al universo audiovisual de esta década.

A estas alturas ya todos sabemos lo que ocurre en Hawkins: es 1983, Indiana, hay una pandilla de cuatro amigos de 12 años; la desaparición de uno de ellos a manos de un ser de una dimensión que deciden llamar The Upside Down y la aparición en escena de una niña misteriosa con poderes psíquicos. El entertainment está servido. Además, la sucesión de tramas y subtramas queda engalanada con un atiborre de referencias ochenteras que apelan a la morriña y la suspicacia. Un visionado de la serie entre amigos se podría convertir en una revisión de lo que en nuestra infancia fue el juego de los anuncios.

En estas dos primeras temporadas –se esperan al menos dos entregas más– Stranger Things contiene una lista de películas referencia muy larga. En ella, Steven Spielberg y su productora Amblim Entertainment se llevan la palma en homenajes. A lo largo del metraje de la serie podemos ver claros guiños a E.T., el extraterrestre, Gremlins, Encuentros en la tercera fase, Indiana Jones y el templo maldito o Jurassic Park, entre otras. No, no me olvido de Los goonies, la más clara y evidente.

Queda claro que hay dos bloques de referencia cinematográfica importantes. El primero de ellos sería el componente amistad-aventuras: cuatro amigos que enarbolan la amistad, que aleccionan sobre ella, que tienen hasta un juramento y que viven una aventura fuera de la ley y a espaldas de sus padres. Es un claro homenaje a Los goonies,  Cuenta conmigo y esa miniserie de cuatro capítulos, basada en la novela de Stephen King, que ha envejecido endiabladamente mal y que este año ha saltado al cine como otro producto de nostálgicos ochenteros: It.

El segundo bloque sería el componente suspense-terror. Aquí las referencias cuelgan de las paredes de las casas de los protagonistas en pósters de películas que guiñan sobre guiño: el poster de La cosa en el sótano de la casa de Mike donde los niños juegan, donde Eleven duerme y donde nos presentan al Demogorgon, que curiosamente guarda parecido con el bicho de esa película; o el poster de Posesión infernal en la habitación de Jonathan, el hermano de Will, en una casa en medio del bosque con una Winona Rider que parece poseída según avanza la serie. Pero la influencia más clara de terror pertenece a Alien. Si bien en la primera temporada, ya en el capítulo final, al adentrarnos en el plano The Upside Down, nos encontramos claramente frente a un Alien: el octavo pasajero, en la segunda temporada sigue los pasos de la segunda entrega de la saga, Aliens: el regreso: una cantidad ingente de Demodog, una especie de reina gigante, la lucha por arrancarle a Will de sus brazos y, la inclusión del actor Paul Reiser alumbrando a un personaje turbador en ambas producciones. Pero son muchas más las referencias y homenajes al terror de esa época, como es el caso de El exorcista, El resplandor o Pesadilla en Elm Street.

El universo de John Hughes también queda retratado en Stranger Things, y aquí la adolescencia y la música cobran protagonismo como en La chica de rosa o El club de los 5. Esta segunda temporada arranca con la energía de Whip It, de Devo, solo para dibujar el primer encuentro de nuestros cuatro héroes. Pero a lo largo de las dos temporadas la selección musical no tiene desperdicio: Joy Division, Duran Duran, Scorpions, Runaway, de Bon Jovi, o Should I Stay or Should I Go, de The Clash como el himno de unión entre los dos mundos que le sirve a Will para permanecer fuerte en ese universo frío y oscuro al que ha sido llevado. Y si era digno de mención el arranque de esta última temporada, también lo es el cierre, pues acaba con el Baile de Invierno en el que suena Time After Time de Cindy Lauper.

No solo en toda esta nostalgia recae el peso del éxito de Stranger Things. En realidad podría ser causa de muchos factores. Pero que se ha convertido en un fenómeno social es más que incuestionable. Como principal indicador, al igual que con Juego de Tronos, nos encontramos con gran cantidad de teorías que nacen de manos de sus propios fans, mientras esperan impacientes seguir la próxima aventura de esta adorable pandilla.

 

Artículo publicado en el número 10 de papel de L’Officiel Hommes. 

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