pajarita

Pajarita o corbata, esa es la cuestión

Javier Mauricio

Estábamos mirando fotos de los Globos de Oro y alguna que otra de las fiestas de Navidad cuando nos asaltó una pregunta: ¿Corbata o pajarita? Hubo quien no soporto tantas dudas y se marchó de la redacción entre insultos y menciones a la madre del resto. Otros, sin embargo, permanecimos frente al ordenador, con las cabezas bien pegadas y la vista clavada en la pantalla. Ésta, amigos míos, fue la conclusión.

Un hortera es un hortera es un hortera, que diría Gertrude Stein. Y al chabacano no le salva ni el estilo propio, ni el “rollo alternativo” ni ninguna otra excusa que se monte para pasear semejante aberración del garbo. Lo mismo da que se ponga una pajarita, una corbata o una manguera de jardín; lo que lleva encima se convierte, automáticamente, en algo feo, cateto y vulgar. Así es la vida.

Luego está el que sabe sacarle partido a cada situación, como buen buscavidas de la moda, y le pilla el truco al complemento para que no desentone en este universo de paletos. Ese, el buscavidas, bucea en los errores del estilo y dinamita el patetismo ajeno a base de buen gusto. Es un maestro del detalle, un dandy del logro, una fiera del hallazgo y el brillo. Para él va nuestro aplauso, lento y con picor de tanto entusiasmo, por ser quien pasea la bandera del realce entre tanto rústico y arrabalero.

Por eso, a pesar de encontrar páginas y páginas de información sobre la elegancia de la pajarita y la formalidad de la corbata, nosotros tiramos más por defender que algunos sean ellos mismos y otros dejen de serlo. Así, zas, radical. Porque estamos de acuerdo en que hay que quererse y averiguar lo que uno es, pero también los hay que deben seguir buscando o, en su defecto, perderse y fingir ser otros.

Con la pajarita y la corbata, la historia no iba a ser menos.

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