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Por qué no deberías odiar la camiseta blanca de tirantes

Javier Mauricio

Habrá quien todavía defienda el uso de la camiseta blanca de tirantes como algo normal e incluso estiloso, y es probable que aparque su coche verde chillón en la última esquina del polígono, con el techno noventero saliendo disparado en todas direcciones y el alerón trasero pidiendo disculpas a todo el que lo mira por ser un claro atentado contra el buen gusto.

El resto de los mortales sabe que esa prenda es un error del universo, una aberración de la elegancia y la forma capaz de arruinar el garbo de quien se atreve –seguro en su ignorancia- con semejante insulto a la moda. Pero, ¿y si ambos estuviesen equivocados?

“En el equilibrio está la virtud”, se le ocurrió decir a alguien. Y no iba tan desencaminado si lo aplicamos al asunto de la camiseta blanca de tirantes, esa prenda que los poligoneros muestran con orgullo y que los (falsos) gurús del estilo nos vendieron como horrenda catástrofe del hábito.

¿Acaso no acabaron las botas de pelo paseando por medio mundo con la gracia del que lleva unos Tanino Crisci? ¿Y qué decir de las zapatillas de andar por casa, el gran grito entre alfombras y pasarelas que pocos entendieron en 2016? No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que las cosas cambian, de que todo depende de quién lo lleve y, sobre todo, que lo más importante en esta vida es el cómo –adiós al dónde, adiós al cuando, adiós al porqué-.

Una camiseta blanca de tirantes es tu mejor amiga si va bien escondida bajo una camisa. Eso lo sabemos todos. Pero no tiene sentido condenarla al anonimato después del servicio que nos presta con semejante aporte de calor e incomodidad. Resulta infantil, como aquellos besos a escondidas que tanto placer provocaban pero de los que no se hablaba por esa estúpida vergüenza que responde al qué dirán. Ya cruzamos esa línea; ya peleamos en aquella trinchera.

Dicho esto, ¿por qué castigar a la camiseta protagonista de esta historia a una vida de incógnito? El problema no es la prenda sino el orgulloso portador de la misma. Si alguien con dos dedos de frente se aleja de las circunstancias que rodean a tan decadente asunto, descubrirá que a cierta distancia del techno, los coches tunning y los polígonos hay margen para los enseres que otros tomaron como suyos.

La camisa abierta, con cierta gracia en el diseño y la forma, recibirá con alegría a su prima perdida, la camiseta interior, aquella de la que disfrutaba en la intimidad que ella misma y el pecho creaban a espaldas del mundo. Y no es la camisa la única elegida para disfrutar sin tapujos de la ‘expatriada’ camiseta blanca: la cárdigan o la blazer pueden ayudarte en tu lucha por defender a esta prenda maldita.

No lo pienses más. Olvida todo lo que sabes. Es el momento de que la camisa blanca de tirantes recupere aquello que la moda le quitó: la libertad de pasear con orgullo.

#SalvaLaCamisetaBlanca

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