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El low-cost británico arrasa

REDACCIÓN

Ya han pasado casi dos semanas y las tropas de consumidores compulsivos siguen abarrotando las calles aledañas del primer, y más grande, Primark en el centro de Madrid. Si la Gran Vía ya parecía intransitable en hora punta, ni que decir tiene el añadido que supone que la marca irlandesa haya recalado en la centenaria vía para situar su particular hipermercado textil. ¿Pero qué tiene Primark que a todo el mundo gusta?

En primer lugar, aunque queramos vender que no aceptamos el ‘low cost’ como forma de pago, mentimos como bellacos. ¿A quién no le gusta cambiar de outfit según el día y estrenar looks diferentes en según qué evento al que hayamos sido invitados? La idea de no dejar nuestra cuenta corriente al borde de la quiebra, cada vez que se nos ocurre la maravillosa idea de gastar, con premeditación y alevosía, es bastante apetecible. Saber que con menos de 50 euros puedes llegar a conseguir marcarte un estilismo de alfombra roja, sin descuidar siquiera tu ropa interior, no sólo da satisfacción sino que además puede que tenga su morbo.

En momentos de recesión, la tendencia a cambiar los parámetros que nos exigíamos al comprar se consolida, invirtiendo menos en ropa que quizá pierde un poco en calidad pero con la que sin duda ganamos en satisfacción, al saber lo que nos hemos ahorrado. De ahí que lo más probable es que al finalizar el año, el crecimiento de ventas en el sector se aproxime a casi un 5%, en relación con el año pasado.

En segundo lugar, y esto podría ser contrastado con cualquier teoría psicológica que se precie sobre la conducta del individuo, a la raza humana le das una cola y allá que se sitúa con el termo de café. No nos gusta esperar, pero si el tiempo lo empleamos en algo que sentimos como exclusivo, ya que vamos a lucir ‘modas Primark’ antes que el resto, vivir la experiencia antes que el resto y además, si hemos madrugado, entraremos antes que el resto en el mausoleo, meca o embajada del ‘low cost’, damos por bien gastadas las horas que le dediquemos. No importa que acabemos repitiendo camisa, pantalón o ropa de cama con el vecino del 5º, nosotros nos lo llevaremos primero.

En tercer lugar, no nos gusta que nos digan, aunque sea subliminalmente, dónde tenemos que invertir nuestros jureles y menos si sentimos que para comprar determinadas prendas, tenemos que acercarnos a la cadena (o cadenas) de turno. El que nos planteen otra opción a elegir, nos seduce y si es con un despliegue de 12.400 metros cuadrados, la seducción torna en entregadamente apasionada ya que nos ofrecerá mucho y nos pedirá poco. Una estrategia que aceptaremos como el ‘abc’ de nuestros próximos desembolsos, acentuando nuestro sentir revolucionario frente a cualquier opresión monopolística por muy textil que sea.

Si a todo lo anteriormente explicado, le sumas que Primark ha escogido el mejor momento para lanzar el ancla en la capital, que no invierte en publicidad sino que se deja llevar por el boca a boca y externaliza muchos de sus servicios, sin olvidar que su estructura directiva es plana, colocando a casi todos sus trabajadores en caja, el éxito está más que asegurado y las colas más que justificadas. ¿Qué pensará Amancio Ortega, dueño del edificio y arrendador de los propietarios de Primark, del particular órdago británico?

 

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